Lo que voy a contar sucedió hace tan sólo unos días en Coslada –Madrid-, junto a al establecimiento que regentan mis padres desde hace más de diez años. Es una historia desgraciada de uno de los clientes que tengo en más alta estima, así que desde aquí pretendo rendirle un pequeño homenaje. El tipo en cuestión es un anciano de casi 80 años, que anda encorvado y sólo conserva la mitad de la dentadura, pero con una mirada tan fría que puede taladrarte. Además, es hombre de pocas palabras; de hecho, en los últimos diez años jamás le oí mencionar su nombre.
Lo que sí me ha confesado –a raíz del episodio de El Alakrana–, es que durante 10 años había sido legionario, que más tarde fue de Capitán de la Guardia Civil y que, todavía monta y desmonta de vez en cuando el Cetme a oscuras para entretenerse “aunque ya no se me da tan bien como antes”. Faltaría más buen hombre.
Nunca he sido muy amigo de las guerras, las fuerzas armadas y la madre que parió a todo aquel que ha sido adiestrado para matar; aunque en este caso no me queda más remedio que resumir la actuación de este tipo con un ¡OLE TUS COJONES! Sí, en mayúscula.
Resulta hace menos de una semana, en una tarde lluviosa, casi sin luna, tres hijos de la gran puta rumanos –lo de rumanos es sólo a título informativo– pensaron que, con una ventaja de tres a uno, navaja en mano y un ataque ‘por sorpresa’ sería presa fácil de desplumar.
Lo que no sabían los muy cabrones, es que ese anciano, ya desmejorado por los años, encerraba dentro a un legionario español que, cuando se trata de defender lo suyo por la fuerza, no teme a nada ni a nadie. Pues bien, según cuenta el único testigo, en mitad de la trifulca el ancianito metió a uno de sus atracadores la punta su paraguas hasta el mismísimo estómago y, acto seguido, atizó tal golpe en la boca al de al lado, que no paraba de sangrar como un cerdo. Por desgracia, la vida no es como debería ser y el pobre hombre acabó en el suelo, pateado, apuñalado en un brazo y sin ‘un pavo’ en el bolsillo. Putos maricones. Deberían haberse cruzado con ‘el abuelo’ hace 25 años.
Sé que mi cliente, al que después de lo sucedido considero un héroe, jamás sabrá de Internet, ni de este pequeño homenaje torpemente escrito. Me importa un rábano. Se lo merece y punto.
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